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Política

De las plazas al Congreso (reflexiones acerca de la crisis argentina)

Fecha de publicación: 19 agosto, 2008
Los integrantes del Club Político Argentino (CPA) coincidimos desde el comienzo en la necesidad de enfatizar nuestra activa vocación civil. Como parte de nuestras preocupaciones, organizamos el pasado 5 de julio una jornada de discusión en torno al conflicto desarrollado entre el gobierno nacional y los sectores de la producción agropecuaria.
Lo hicimos en la convicción de que, más allá de la relevancia sustantiva de los asuntos en juego, este conflicto ha sido extraordinariamente expresivo de los problemas de la Argentina en nuestros días, desde la economía política del modelo de desarrollo, hasta la cultura cívica de un país que persiste en viejas formas de conducir los asuntos públicos.

Lo que sigue es un documento consensuado entre varios de nosotros y que recoge nuestras conclusiones sobre las lecciones del conflicto desatado en marzo pasado y aun no resuelto. Es necesario, sin embargo, hacer una importante aclaración. Lo aquí señalado refleja un grado de consenso importante entre los miembros. Sin duda, cada uno podría hacer un énfasis mayor o menor en alguna dimensión. Incluso es posible que no haya una plena coincidencia en cierto(s) aspecto(s) puntual(es). Sin embargo, más allá de las diferencias que pudieran tener los autores, el texto que sigue sintetiza y expresa un acuerdo sobre lo fundamental entre ellos.

I. La economía política del conflicto

La crisis desencadenada por el paro agropecuario alcanzó una gravedad inusitada, en gran medida por la ceguera política del Poder Ejecutivo. El timing y la magnitud del aumento en la presión tributaria que afectaba a los productores agropecuarios, con la implantación de un esquema de retenciones móviles impuesto sorpresivamente y aprovechando la vigencia de un código aduanero vigente desde los tiempos de la dictadura, fue percibido por los actores perjudicados como una verdadera provocación, puesto que las alícuotas resultantes de su aplicación se añadieron a niveles previos ya muy elevados y modificados previamente en numerosas oportunidades. Por otra parte, la decisión de imponer un nuevo esquema de mayores retenciones a la producción agrícola fue el epílogo de una infructuosa sucesión de medidas desafortunadas que, detrás de la pregonada intención de moderar la presión sobre el precio interno de los alimentos proveniente del alza de las commodities en los mercados internacionales, condujo a una crítica situación a varios segmentos de la producción primaria (carne, leche y trigo).

En lugar de encauzar la disputa como un conflicto distributivo propio de cualquier sociedad compleja, el Ejecutivo lo presentó como una presunta conspiración “golpista” de sectores oligárquicos minoritarios en contra de un gobierno popular y progresista. Fue un fenomenal error de cálculo del kirchnerismo, que decidió construir al “campo” como enemigo, ignorando por completo no sólo los impresionantes cambios que tuvieron lugar en la economía y la sociedad rurales durante las últimas dos décadas, sino también el hecho evidente de que su aporte ha sido clave –y debería continuar siéndolo- para entender y sustentar la fuerte mejoría observada en el desempeño económico de los últimos años. La agricultura argentina ha experimentado, en efecto, un proceso acelerado y profundo de innovación tecnológica y expansión de la producción. En los últimos 20 años aumentó la producción de cereales y semillas oleaginosas en casi el 200 por ciento, pasando de poco más de 30 millones de toneladas al final de la década del 80, a casi 100 millones en la última cosecha. Esta expansión productiva fue producto de una revolución tecnológica impulsada por nuevas variedades que surgieron de la aplicación de la biotecnología y de nuevas prácticas agronómicas, como la siembra directa, acompañadas por una nueva generación de maquinaria agrícola y, más recientemente, por el impacto de las tecnologías de información y comunicación. Esta revolución tecnológica también tuvo consecuencias de gran magnitud en la organización económico-social del sector. Por un lado, permitió mayor rentabilidad a la agricultura en términos absolutos y también relativos con respecto a la ganadería, que compite por el uso de la tierra, así como con otras actividades económicas no agrícolas, que compiten en el uso del capital. El resultado fue un ingreso de capitales no agrarios que potenciaron a empresarios agropecuarios con gran capacidad de gestión para desarrollar una nueva agricultura en gran escala, en campos alquilados y con uso intensivo de tecnología y capital humano. Este proceso también tuvo un impacto importante sobre las comunidades rurales.

El ciclo de vida de los programas económicos en la Argentina
5 Agosto 2008 por Antonio Camou

No me lo van a dar. En gran medida por envidia, por humanos celos profesionales, por oscuros rencores nórdicos. Aparte corro con desventaja porque no soy economista, y para ser totalmente sincero, tampoco sé mucho que digamos de economía. Todo eso deja mejor parados a mis competidores, graduados en universidades como Yale, Chicago, Harvard o la UADE; pero no importa. Si alguna vez me llegaran a dar el Premio Nobel de Economía, ya tengo preparado mi discurso. Se titula “El ciclo de vida de los programas económicos en la Argentina”, y en su parte substantiva dice así:

Estimados Reyes de Suecia: …les agradezco que me hayan galardonado con este importante premio por mis descubrimientos en bien de la humanidad, bla, bla, bla. Como se sabe, mi sensacional hallazgo consiste en haber demostrado que en la Argentina ningún programa económico funciona por mucho tiempo, y que siempre terminan mal. Para analizar este complejo y desconcertante problema he dividido el ciclo de vida de los programas en cinco fases, por las que necesariamente pasan todos ellos, a saber:

1. La primera fase se llama ¿Pero funcionará…? Es la fase en la que los agentes económicos, los analistas especializados, los lobbistas de toda laya, los periodistas independientes, los dependientes, los astrólogos y los taxistas, entre otros, se dividen entre aquellos que creen ciegamente en el nuevo programa, los que creen que no va a andar de ninguna manera, y los que se quedan orejeando las cartas a ver qué pasa. A esta última posición se la conoce en la literatura especializada como la posición “hay que desensillar hasta que aclare”. Como es sabido, muchos programas nunca pasan de esta etapa inicial.

2. La segunda fase se denomina Sí.. ¿ pero cuánto va a durar…? Por diversas razones que aquí paso por alto, un número muy reducido de programas logra superar la primera etapa y alcanza una cierta estabilidad, que generalmente no sobrevive a una o dos elecciones. En algún punto de esta fase comienzan a surgir reclamos de actores poderosos que no están incluidos entre los beneficiarios del modelo vigente, se agudizan conflictos, se acentúan inconsistencias, o se cometen errores de diverso calibre que llevan a modificar las expectativas de los actores económicos, de los actores sociales, de los actores políticos, y hasta de los actores de telenovela. Algunos consideran que estas cíclicas recaídas se deben a ciertos rasgos estructurales de las relaciones entre los actores socioeconómicos estratégicos, pero hace tiempo que demostré –en base a sofisticados tecnicismos sobre los que no quiero detenerme- que estos ciclos tienen profundas raíces de índole teológica: cada cierto tiempo, los dioses se distraen de sus obligaciones para con nosotros, y contra el destino nadie la talla.

3. La tercera etapa se abre con una demanda más o menos perentoria: Che, hagan algo… Al principio este reclamo es desoído por las autoridades hasta que la gente se empieza a poner más nerviosa, sale a comprar moneda extranjera, se enoja por las calles, contesta porquerías en las encuestas, y jura que no va votar a los gobernantes en la próxima elección. En ese punto, los miembros más lúcidos de cada gabinete (siempre los hay) empiezan a preguntarse: ¿Y ahora qué corno hacemo…? Cuando al fin los gobernantes se dan cuenta que es mejor cambiar algo para ver si pueden zafar, lanzan el conocido esquema Tomen, ahí les va, que consiste en una serie de ajustes menores, correcciones importantes o incluso publicitados y ambiciosos relanzamientos. El problema es que las enmiendas al modelo inicial tienden a romper equilibrios ya logrados, generando nuevos conflictos, otros reclamos, más inconsistencias, y entonces el futuro se pone castaño oscuro.

4. En la cuarta etapa los especialistas empiezan a preguntarse: Pero…¿ se puede salir ordenadamente de este esquema? Salir ordenadamente significa que no haya demasiado descalabro político, que no haya demasiado desborde social, y que no haya demasiado caos económico. Es un período que se juega en tiempo de descuento, mirando con un ojo el reloj electoral y con el otro la entrada al túnel porque la tribuna se empieza a poner violenta. En esta fase se producen grandes realineamientos políticos y todos los expertos corrigen hacia atrás sus pronósticos económicos (“como nosotros lo advertimos en su momento…”, “nuestra consultora fue una de las pocas que señaló…”, etc.). Es una etapa definida por la salida de capitales y por la salida de Ezeiza. Un indicador clave es el aumento de las solicitudes de visa con destino a países con mejores perspectivas socioeconómicas, políticas y culturales: Afganistán, Albania, Irak, etc.

5. Como prueban todas mis investigaciones de historia económica, en la Argentina nunca se puede salir ordenadamente de nada (tampoco se puede entrar). Por ello, la última etapa se denomina ¡Uy, qué despelote que se armó…! Es una fase acompañada de todo tipo de lamentos y de discursos de buenas intenciones (“esta es la peor crisis de la historia”, “los más pobres no deben cargar con los costos de la crisis”, etc). Por supuesto, se trata de una de las tantas crisis de la historia y los más pobres son los que siempre cargan con el mayor costo de las crisis. La etapa termina cuando alguien o algo logra reunir una mínima voluntad política, un arco de intereses que se asocian transitoriamente y alguna que otra idea económica, para empezar a caminar en alguna dirección. Esto abre nuevamente la primera fase, y el ciclo vuelve a comenzar.

Estimados Reyes, apreciados amigos, deliciosas y amadas suecas, seguramente Uds. se preguntarán en qué fase se encuentra hoy el esquema económico del kirchnerismo. Pues bien, según mis últimos cálculos estamos metidos de cabeza en la tercera fase, en la que cada vez más actores reclaman che, hagan algo…, algunos pocos miembros del gabinete empiezan a preguntarse ¿y ahora qué corno hacemo…?, pero todavía no se alcanzan a ver los trazos del nuevo esquema tomen, ahí les va. Claro que hay pronósticos algo más pesimistas. Por ejemplo, algunos laureados economistas del conurbano ya han comenzado a descontar que estamos en la cuarta etapa, y la clave entonces es levemente distinta: ¿se puede salir ordenadamente de este esquema?

Pero no nos adelantemos a los hechos. A fin de cuentas, a esta altura de mi larga vida académica tengo más preguntas que respuestas: ¿Podrá el kirchnerismo quebrar este patrón cíclico de todos los programas económicos? ¿Las excepcionales condiciones externas que vive el país alcanzarán para revertir esa dilata tendencia que lleva a la caída? ¿La estupenda competencia técnica del Jefe del Partido Justicialista, acompañado por un sólido y calificado equipo desde el Ministerio de Economía, serán la excepción que voltea la regla? Le dejo a mis jóvenes discípulos repartidos por todo el mundo la tarea de contestar cabalmente estos interrogantes.

Mientras tanto, me despido recordando las sabias palabras de Allen S. Konigsberg en su inspirador Discurso a los Graduados, que podemos leer como una severa advertencia sobre la actual situación económica argentina: “…resulta claro que el futuro ofrece grandes oportunidades. Pero puede ocultar también peligrosas trampas. Así que todo el truco estará en esquivar las trampas, aprovechar las oportunidades y estar de vuelta en casa a las seis de la tarde”. Muchas gracias.

Última modificación: 19 de agosto de 2008 a las 11:08
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