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Política

¿Dónde hay un plan?

Fecha de publicación: 19 agosto, 2008

Contra las opiniones según las cuales el matrimonio Kirchner no sabe, no quiere o no puede cambiar de políticas, existe una sólida evidencia acumulada.

Por ejemplo, durante los años ’90 el binomio patagónico defendió las privatizaciones de Menem, en particular la de YPF, mientras que ahora defiende la re-estatización de ciertas empresas.

Por varios años apoyaron el esquema cavallista de Convertibilidad, aunque ahora renieguen en bloque de la “maldita” década de los ’90.

Y durante dos décadas en el poder provincial, o en el Congreso de la Nación, no evidenciaron mayores preocupaciones por las demandas de los organismos de familiares de desaparecidos, pero una vez en el Ejecutivo nacional experimentaron una súbita conversión, y pasaron a encabezar cada uno de esos postergados reclamos.

Por lo tanto, en esas y otras ocasiones, los Kirchner han querido, han sabido y han podido cambiar de políticas.

La clave obvia para entender estos repentinos y acentuados virajes es que dichos cambios fueron siempre dictados por una finalidad estratégica superior: alcanzar, mantener o acrecentar el poder.

El mecanismo privilegiado fue la contraposición con un enemigo –real o construido- al que se lo pudiera demonizar: la Corte menemista, los militares, el FMI, las pasteras en tierra uruguaya, la “oligarquía” agropecuaria, etc.

Por eso, un enigma no menor de estos días, es establecer si ellos creen que los cambios de orientación de políticas requeridos para enfrentar una abultada agenda de problemas (inflación, INDEC, inversiones, deuda, estructura de precios, relaciones con el mundo civilizado, etc.), son compatibles con su finalidad estratégica, y en qué medida es posible aplicar su terapia de choque.

Posiblemente sea la primera vez que la pareja patagónica se enfrenta a este tipo de entuerto, pero no es el caso de la democracia argentina, que tiene alguna trayectoria en la materia.

Allá por 1985 el gobierno de Alfonsín se encontraba –entre otros males- sitiado por una inflación galopante, asfixiado por la deuda externa, y amenazado por una acelerada licuación de su poder; pero fue la imaginativa propuesta del Plan Austral lo que le permitió ensanchar sus márgenes de maniobra, e incluso demostrar que una severa pero equilibrada lucha contra la inflación era un valioso activo electoral.

Tiempo después, a la salida de las traumáticas experiencias hiperinflacionarias, el Plan de Convertibilidad de Cavallo de 1991 le posibilitó al menemismo obtener un resonante triunfo legislativo, en momentos en que el gobierno del caudillo riojano no daba pie con bola.

Ciertamente, hoy existen – tanto a favor como en contra- parecidos y diferencias con aquellas situaciones, pero un cuarto de siglo de ardua experiencia democrática no debería haber pasado en vano. Tal parece que a nuestros gobiernos les toca enfrentar, más temprano que tarde, un desafío crucial. En ese punto, los costos políticos de mantenerse en la misma posición comienzan a ser mayores que el riesgo de cambiar. Allí es donde la voluntad de querer un cambio requiere un saber a la altura de las circunstancias, para ver si se puede enderezar el barco por un mejor rumbo. Pero no se trata de cualquier conocimiento; se requiere una estrategia planificada capaz de compatibilizar consistencia económica, aceptación social y viabilidad política.

Los que tengan la fórmula por favor presentarse en Balcarce 50, en horario de oficina. Corporaciones: abstenerse.

Última modificación: 19 de agosto de 2008 a las 11:08
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