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El derecho y el revés del país

Fecha de publicación: 28 octubre, 2010

A veces hay cosas que, precisamente por su acotado tamaño, tienen una enorme grandeza. Los recuerdos de la infancia suelen estar entre ellas.

Viene hoy a mi mente un pequeño ciclo televisivo con formato poco habitual que de chico veía en aquella televisión de apenas cuatro canales. Se llamaba El país que no miramos y mostraba tesoros ocultos, cosas que estaban ahí pero que, de tan cercanas, no éramos capaces de ver. Por ejemplo, cúpulas de viejos edificios que habían sido realizadas por famosísimos arquitectos o esculturas de enorme valor artístico que, sin que lo advirtiéramos, enaltecían el paisaje ciudadano. Todo eso estaba ahí, pero para nosotros no existía. El programa nos recordaba la importancia de ejercitar la mirada. Veinte años después, el 14 de octubre pasado, El Roto publicó en el diario El País de España uno de sus tantos chistes que más que hacerte reír te dejan pensando. Se ve la imagen de la cara de un hombre muy de cerca. Apenas un cuarto de su rostro, que muestra uno de sus ojos y lleva gafas. Dice el autor: “¡Qué curioso! Cada vez resulta más difícil ver lo que está a la vista”.

Hoy ya no hay cuatro canales en la tele, sino cientos. Y cientos de radios. Y decenas de diarios y revistas, en formato impreso y digital. Y blogs. Y portales. Y redes sociales. La información brota de las paredes. Sin embargo, más no es necesariamente mejor. ¿Qué vemos cuando vemos? ¿Qué entendemos? ¿Qué pensamos? ¿Qué decimos?

La revista de los domingos de LA NACION publicó en mayo un memorable artículo de tapa que instaló un nuevo término en el lenguaje: “infoxicados”. Estamos intoxicados de información. Hay tanta, y tan disímil, que cuesta mucho asimilarla, procesarla y juzgarla con algún criterio razonable. Umberto Eco, considerado una de las mentes más brillantes del siglo XX, comparó Internet con un mítico personaje creado por Jorge Luis Borges, Funes el memorioso: “Hoy Internet es como el Funes de Borges. Una totalidad de contenidos no filtrada ni organizada. Funes recuerda todo y por esta misma razón es un idiota completo, un hombre inmovilizado por su incapacidad para seleccionar y descartar”.

Como en varias de sus obras, Borges fue profético. En la era de la “infoxicación” se vuelve imprescindible desarrollar nuestra capacidad para seleccionar qué guardamos en los archivos de nuestra mente y qué dejamos pasar.

Este año, mi agenda de actividades me llevó a realizar una intensiva inserción en la Argentina 2010. Recorrí más de 30 ciudades en apenas seis meses. A varias de ellas fui más de una vez. En promedio, cinco ciudades diferentes por mes, más de una por semana. Además, naturalmente, continué con mis actividades en la ciudad de Buenos Aires, donde vivo actualmente, y el Gran Buenos Aires, donde nací y viví hasta los 25 años.

En mi propio “tour del Bicentenario” estuve en San Salvador de Jujuy, Salta, San Miguel de Tucumán, Santiago del Estero, Catamarca, La Rioja, Formosa, Resistencia, Posadas, Corrientes, Santa Fe, Paraná, Rosario, Córdoba (capital), Río Cuarto, San Luis, San Juan, Mendoza (capital), San Martín, Junín, Rivadavia, Tupungato, San Rafael, General Alvear, La Plata, Quilmes, Mar del Plata, Bahía Blanca, Villa La Angostura, Neuquén, Comodoro Rivadavia y Ushuaia. Viajé en avión, pero también, muchas veces, en auto. Recorrí autopistas, autovías, rutas, caminos. Caminé. Hablé con todos los que pude. Decenas de empresarios, algunos grandes, la gran mayoría pequeños o medianos. Canillitas, remiseros, taxistas, mozos, periodistas. Gente de la cultura. Algunos intendentes. Funcionarios públicos. Responsables de organizaciones público-privadas. Estudiantes, emprendedores, historiadores, lugareños. Miré. Saqué fotos de las cosas que me llamaban la atención. Respiré el clima de cada lugar. Procuré sentir su vibración. Fueron más de 60.000 kilómetros de andar, 7000 de ellos por tierra. ¿Qué vi?

Vi los cargados limoneros de Tucumán. Y las cañas de azúcar en Jujuy listas para la zafra. Los olivares de Catamarca y La Rioja que ya producen en plenitud. Caminé entre los emblemáticos viñedos de Mendoza, que son un orgullo nacional. Vi las escuelas y los centros de salud que se construyeron en Formosa. Y la nueva costanera de Corrientes. Y la soja nuestro “oro verde” en Santa Fe, pero también en Santiago y en tantas otras partes. El movimiento comercial renovado en San Juan, consecuencia, en parte, del desarrollo de la minería y también de la vitivinicultura. Las míticas autopistas de San Luis. Sí, están ahí con sus torres de iluminación pintadas de todos los colores. Y vi la sorprendente exposición de arte al aire libre en Resistencia, donde además prometen terminar en breve un gran centro cultural. Se ve que falta poco. Ahí está la obra. Y recorrí esa maravilla que es el Museo Nacional de Bellas Artes de Neuquén (única filial del Museo Nacional de Bellas Artes). Vi a los turistas en Villa La Angostura y Ushuaia. Comprobé la fuerza económica que genera el petróleo en Comodoro.

Escuché hablar inglés y portugués por doquier, especialmente en Buenos Aires. Una Buenos Aires donde brilla la cultura, con una cartelera artística y una propuesta de entretenimiento top ten mundial. Y donde los restaurantes, las pizzerías, los bodegones y las parrillas han dejado bien atrás el frío invierno de 2009. Hoy, otra vez, en los lugares más renombrados hay que reservar con anticipación. En los polos gastronómicos de “Lomitas”, en el sur del Gran Buenos Aires, o en la avenida Santa Rosa, de Castelar, tampoco es fácil conseguir lugar un sábado por la noche. Vi la revolución de la construcción que comenzó en Buenos Aires y se expandió a Rosario, Córdoba y Río Cuarto. Lo llaman “el ladrillo-soja”. Y ese mismo germen de la inversión inmobiliaria incipiente ya está en Mar del Plata. “La Feliz”, año tras año recupera su tradicional esplendor. Al igual que buena parte de la costa atlántica. Vi una Bahía Blanca renovada (hacía un par de años que no iba). Y las madereras de Posadas funcionando.

Pude verificar en muchos lugares cómo la reforma de viejos hoteles los había transformado en nuevos establecimientos aptos para el turismo internacional. Y también el desarrollo de una nueva infraestructura turística de primer nivel en otras tantas ciudades, como por ejemplo Mendoza, y también, aunque en menor escala, Paraná. Sentí la estimulante potencia de Salta. Vi la gran mayoría de las ciudades atestadas de autos y, especialmente, de motos de baja cilindrada. Aquí nomás, en La Plata, en Quilmes, Morón o San Justo, también. Visité locales de supermercados, shoppings y cadenas de farmacias. Varios recién estrenados. En todos ellos había mucha gente comprando. Vi decenas de barrios nuevos construidos por el Estado, esos donde todas las casas son parecidas. “Eso era campo, ahí no había nada”, me decía la gente del lugar. Un intendente me contó lo que le dijo una señora mayor cuando la recibió: “Se cumplió el sueño de toda mi vida. Yo sólo quería sentarme y ver llover por la ventana”. Y también vi múltiples desarrollos de barrios cerrados y countries.

Recorrí nuevas autovías y crucé nuevos puentes, transité por avenidas ensanchadas, caminé por veredas arregladas, disfruté plazas puestas a nuevo. Vi las rutas cargadas de camiones. Que iban y venían. Con cereales, muchos cereales. Con autos, muchos autos. Con madera. Con ganado. No tanto como en otras épocas, pero algunos crucé. Leí los diarios del lugar. Tenían una buena cantidad de páginas y avisos. Avisos de shows artísticos nacionales e internacionales de primer nivel en muchas ciudades que anunciaban que por primera vez en muchos años llegaba ese artista al lugar. Vi la obra pública que se ve. Más en algunos lugares que otros, pero se ve. Vi una actividad comercial pujante prácticamente en todos lados. Y el trabajo de mucha gente anónima, que no está en los medios, pero que todos los días se levanta a la mañana para hacer lo que tiene que hacer. Y lo hace.

Lamento profundamente que la lógica binaria que se ha instalado en la opinión pública nos nuble la vista. Esto es algo que también pude comprobar en mi recorrida. Atraviesa, por desgracia, todo el país. Me da mucha tristeza que hablar de lo que anda bien en la Argentina sea mal visto por mucha gente. ¿No es el país en que vivimos? ¿No es el país que les ha permitido a aquellos que tienen una vida razonablemente digna llegar a tenerla? ¿Cómo puede ser que por alegrarnos de algunos de nuestros esfuerzos y aciertos automáticamente se nos excomulgue tildándonos de “K”? ¿Y que ese mote sea equivalente a “vende patria”? ¿No es éste un gobierno que ganó democráticamente las elecciones con un 47% de los votos?

Negar que el país ha crecido 70% en los ocho años que van de la crisis de 2002 a la actualidad gobiernos de Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner y Cristina Kirchner, que el desempleo bajó del 25% al 8%, que hoy las palabras “trabajo” y “producción” están de nuevo en el centro de la agenda de la gente, que la pobreza se redujo del 55% a cerca de un 25%, que el consumo de alimentos medido en unidades creció un 63% desde 2002 a 2010, que la Argentina tenía al comenzar 2002 una deuda externa que representaba el 162% del producto bruto y que hoy es cerca del 40% del producto, que este año nos visitarán cerca de cinco millones de turistas extranjeros cuando en aquel entonces eran menos de un millón, que se batirá el récord histórico de venta de autos 0 km (630.000 autos) cuando en 2002 se pronosticaba el cierre de casi todas las fábricas, que se superó el “tan temido 2009” con una solidez que pocos auguraban y que, en definitiva, este país está muy lejos de aquel de la crisis terminal que casi nos lleva a la disolución nacional, es querer tapar el sol con la mano. Pasar por alto que todo eso es muy bueno para la Argentina y los argentinos, más allá del gobierno de turno, también.

Del mismo modo, ¿cómo puede ser que señalar lo que debe mejorarse sea un pasaje directo al estigma de “conspirador destituyente”? Negar que aún hay una cuarta parte de la población argentina que la pasa muy mal, que la inflación existe y es alta, que hay incertidumbre entre algunos de los que tienen la capacidad para invertir, que corregir la inequidad en la distribución de los ingresos que se gestó durante 30 años es un desafío enorme, que son muchos los que desean mayor claridad en un proyecto de mediano plazo para el país, y que el miedo y la paranoia no son ninguna sensación y están a flor de piel entre la gente y que eso es muy malo para la Argentina y los argentinos, también es pretender ocultar lo imposible. Todo esto también lo vi y lo sentí, prácticamente, en todos lados.

Falta un año para la próxima elección presidencial. Promete ser un año “largo”, que, por su intensidad, durará más de 12 meses. Tenemos tiempo para pensar. Viendo lo que se ve, pero también lo que no se ve. Aquello que se nos esconde detrás de la vorágine cotidiana y el clima áspero que nos circunda. Ese país que no miramos.

Está ahí. Y funciona. Es perfectible, obviamente, pero anda. La Argentina que hace ocho años estaba devastada se ha puesto de pie. Trabajosamente, arduamente. Y lo hicimos nosotros, cada uno de nosotros.

Ese país que no miramos desea que a quien le toque gobernar, sea quien sea, tenga la capacidad de construir sobre lo construido, y mejorar lo que haya que mejorar, para que toda su potencia florezca de una buena vez.

© LA NACION

Guillermo Oliveto

Última modificación: 28 de octubre de 2010 a las 05:10
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